Está sentada en las escaleras, no muy lejos de donde yo
estoy.
Yo me estoy fumando un cigarrillo Ducados Rubio (blando),
mientras ella se come una mandarina que había descortezado previamente con
delicadeza; gajo a gajo de forma cuidadosa.
La miro unas cuantas veces , incluso ella me mira de vez en cuando, aunque nuestras miradas nunca se cruzan, por orgullo, por vergüenza… no lo sé muy bien.
Lo que sí sé es que es una situación un tanto mediocre, pues los dos coincidimos en más de una clase y hasta ahora no nos hemos dirigido ni una sola palabra.
La miro unas cuantas veces , incluso ella me mira de vez en cuando, aunque nuestras miradas nunca se cruzan, por orgullo, por vergüenza… no lo sé muy bien.
Lo que sí sé es que es una situación un tanto mediocre, pues los dos coincidimos en más de una clase y hasta ahora no nos hemos dirigido ni una sola palabra.
Momentos antes de este encuentro miedoso, un amigo que
pasaba se alejaba diciendo que cada minuto cuenta, cada segundo incluso, decía.
Pensaba que esta pequeña “lección crónica” debía haberme
armado del valor suficiente para acercarme y al menos presentarme. Pero no, en
vez de actuar, le doy vueltas al mismo pensamiento. Y la oportunidad de oro va llegando a su fin.
Ella se muestra indiferente conforme pasa el tiempo, pero ¡yo
también! Por eso creo que los dos lucimos una falsa fachada para ocultar que en
realidad no nos atrevemos a provocar un diálogo.
Sin poder evitarlo, se acerca la hora de ir a la clase que
ambos tenemos en pocos minutos, así que dos amigas suyas se acercan a ella, y
se van juntas hacia el aula…
Yo me he quedado sentado un par de minutos más en estas
escaleras frías, reflexionando sobre lo sucedido y reconociendo que podría
haber vivido con mayor intensidad los últimos 10 minutos que duró la escena.